¿Será que nos vamos?, ¿Será que regresamos?

5 02 2007

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Esa pregunta se la hacen los venezolanos con frecuencia  desde hace algunos años. El fenómeno migratorio se ha acentuado, pero muchos no han notado el retorno de una gran cantidad… y no en las mejores condiciones.

Y aqui (me refiero a la decisión de volver, más que la de partir), influyen muchos factores relacionados a nuestra particular manera de enfrentar la vida.

No tratamos de hacer un estudio psicológico del emigrante, ni una apología a ciertos “desastres” que motivan deserciones en masa.

Tampoco es nuestra intención la de etiquetar a los que se atreven y a quienes no. Eso es, sencillamente, un acto de conciencia y las razones para ejecutarlo, solo transitan la mente de los viajeros… de aqui para allá o viceversa.

En tertulias recientes, al conjuro de una botellita con tequeños incluidos, nos comentaba un buen amigo las razones para , jamás, abandonar los linderos patrios: “Aqui estamos atrapados por la buena vida, y esa es la cárcel más significativa de todas. En este país todavía puedes comer en restaurantes y tomarte las copas con los amigos, sin que eso implique el sacrificio económico del siglo. Puedes poner música en tu casa y bailar con tus invitados sin que por ello  llegue a tu puerta la policía de manera inmediata. Puedes dar un cheque post datado de mutuo acuerdo con la persona a la que se lo das. Haces amigos en cualqier parte a los cinco minutos de haber llegado… y eso no  pasa en todas partes”.

Al margen de las consideraciones anteriores, cargadas de buen humor y algna dosis de autenticidad, el venezolano de edad media es quien sufre los rigores de la adaptación a nuevas tendencias de vida.

Es él quien debe, en favor de su familia, alejarse del beisbol y las cervecitas que el estadio trae implícita; dejar de decirle al señor del kiosko de periódicos que se los paga todos el viernes… cuando cobre; no llevarse ropa de la tintoreria y aplicar la misma; no poder llegar a la barbería a cortarse el pelo sin pedir cita el día anterior o basado en el inclemente tráfico de la ciudad, llamar a su casa y decir que está en una barra, con amigos en similar situación, esperando que cese la “cola”.

El mundo tiene ventanas que desconocemos, y esa incertidumbre nos pone reacios al cambio.

Los jóvenes, no tan adaptados  a lo que diariamente hacemos por ellos, hallan maravilloso todo lo que pueda ser distinto y su adaptación al entorno es asombrosamente rápida.

Irse, con la creencia de que se mejorará el estilo de vida automáticamente es un punto de partida a ser analizado con mucha meticulosidad.

Hay que auto analizarse y descifrar si somos capaces de lidiar con el frío (del clima y de la gente, que si lo son en algunas latitudes, y no por ser malos, sino porque asi es su manera de vivir) y soportar la distancia, muchas veces insalvable y angustiosa.

Muchos amigos se han ido, y hoy día están bien. Otros no han soportado la lejanía y han retornado.. a comenzar otra vez.

Lo único común en todas estas consideraciones, radica en el profundo amor que le tenemos a nuestra tierra y en el deseo de envejecer entre amigos, con los mismos intereses y las anécdotas comunes que tanto enriquecen.

Si se va o ya se fue, buena suerte. Y si está de regreso, no lo tome como un fracaso. Piense que se atrevió y que no todo sale de la forma que moldeamos en nuestra cabeza antes de salir. No haga caso a los charlatanes que repiten constantemente “yo te lo dije…”.

Hágale caso a su yo interno. El mismo que pensó que estarían mejor lejos de aqui y que hoy por hoy reconoce que no hay un mejor país en la faz de la tierra.


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