Golpeada por “Montar Cachos”

15 02 2007

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Cuando en las telenovelas rondaban mucho para “decirle la verdad” a la protagonista, no entendíamos lo duro que esa revelación pudiera ser para el encargado de transmitirla.

Ya maduros y conscientes de las causas que una noticia puede ocasionar, optamos por dejar “ese encargo” a otros con más agallas que nosotros.

Yo si veía al señor del piso 4 con cara de pocos amigos desde hacía rato. Tradicionalmente alegre y hasta “bebedorcito” en ocasiones (una que otra vez ocupaba mi puesto de estacionamiento y, ya curdo, bajaba y con una risa en su ebria faz, decía: “discúlpame esa vecino…”). Esa risa, se le había extraviado y no podía disimularlo.

Trabajaba en un banco y por ello, era raro verlo merodeando en horas de oficina. Llegaba de repente o a deshoras, como quien busca ua respuesta.

Más de una vez, basado en mi tradicional impertinencia, le dije: “Épale, qué haces por aqui a estas horas. Apúrate que el lechero vió tu carro al entrar por el estacionamiento…”.

La primera cara fea que mostró ante el comentario, hizo que mi curiosidad detectivesca llevara el pensamiento más allá de lo tradicional. “Aquí como que hay un peo”, pensé a la par que decidía no bromear más con el vecino en torno a ese particular.

Pasaron algunos días sin verlo, pero el destino siempre nos reserva momentos extraños, dotados de un “inoportunismo” extremadamente adverso.

Luego de una buena parranda, a eso de las 3 de la mañana, aparqué mi vehículo amparado en la suerte del borracho (esa que impide que lo choques aunque tu sitio para estacionar sea pequeñito y que día tras día te tardes media hora en hallar la ubicación correcta). El ascensor de los pisos impares (el que yo esperaba), tardaba más de lo habitual y opté por llamar el otro.

A medida que se acercaba el elevador al sótano, se escuchaba la bulla dentro del mismo. “Estos carajitos lo van a estropear y luego el condominio viene más caro, pero que le va a importar  a…”. Ni pude terminar el pensamiento cuando al abrirse la puerta, recibí la pesada carga humana de ¡la vecina!, en ropa interior y con un hilito de sangre saliendo de su boca.

Había sido conectada con un potente derechazo por parte de su marido, el del banco, y yo serví de colchón… y de “salvador”, porque al verme sorprendido, el agresor cambió los golpes por insultos, que resultaban feos, pero menos dolorosos físicamente.

En sostén y pantaleta (ni mala estaba la esposa del pana) salió corriendo hacia la puerta eléctrica del sótano, dando gritos de terror que seguramente despertaron a más de uno… incluyendo a mi mujer.

Así, con el cuento de la pelea, pude esquivar la atención de mi esposa y obviar las consabidas “¿Dónde estabas?” o el clásico “¿Tu sabes qué hora es..?”. Por supuesto que se que hora es, por eso es que uno nunca llega haciendo ruido…

Lo cierto es que, como en las películas, el del banco dijo que estaba en un curso en Maracay (a hora y media de Caracas, para nuestros amigos de otras tierras) y que lo más seguro  era que se quedase a dormir allá para evitar manejar de noche.

Al arribar al edificio, dejó el carro a cien metros de distancia de la puerta y entró caminando. El ascensor lo dejó dos pisos más arriba y bajó las escaleras de puntillas. Entró al apartamento, y allí estaba su mujercita (ya dijimos que en sostén y pataletas), sirviéndole comida al entrenador del gimnasio, si, esos mismos que se hacen pasar por maricones para meter mano a las señoras que desean rebajar…

El final ya ustedes lo saben, pero las reflexiones son muchísimas en relación a las cosas que pasan:

– ¿Es que no hay hoteles en la ciudad?

– ¿A quien se le ocurre meter al instructor del gimnasio del centro comercial cercano al edificio, si varios de los moradores hace ejercicios allí?

– ¿Todavía se cree en “el curso” que  pondrá al marido repentinamente a dormir fuera por una noche?

Al margen están las consideraciones morales y de fidelidad conyugal, pero eso es materia particular de los involucrados.

Desde ese día, me topo a cada rato con la vecina y ya no puedo imaginármela con ropa. El pana, se ríe de nuevo pero lo veo poco.

Ellos están bien y se hacen los pendejos, lo que resulta una buena medida.

El único con mala suerte fui yo, que estaba medio “rascado” y con el bullicio tuve que contar la anécdota y perder una camisa, porque me salpicó la sangre de la “maltratada infiel”.

Yo, de verdad, no conté nada a la gente del edificio, pero entre cielo y tierra nada está oculto.

Tenía yo cierta información, pero ¿Iba a decirle la “verdad” precisamente yo, como en las novelas?. No señor…

Ahora bien, ¿cómo supe los detalles?… muy sencillo: yo también voy al gimnasio…

 


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